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TOMÁS A. CHUAQUI

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más de El Príncipe y los Discursos, El Arte de la Guerra y Las Historias
Florentinas— es mayoritariamente coherente, y que sus nociones centrales
de lo político, del poder y su ejercicio, de las virtudes públicas y su práctica
son incuestionablemente invariables. En efecto, uno de los elementos paradigmáticos del pensamiento de Maquiavelo aparece en forma constante en
su obra. Me refiero, por supuesto, a la defensa del uso de métodos “extraordinarios” en el ámbito de lo político. Para Maquiavelo es pecar de una
genuina candidez no reconocer que en el ámbito de lo político es necesario
llevar a cabo actos que no serían justificables en otras parcelas de la vida
humana. La necesidad de cometer tales actos conlleva, aunque indirectamente, su legitimación. Así, para Maquiavelo, lo político tiene una ética de
comportamiento propia, distinguible de la que corresponde al resto de las
actividades humanas, y esto tanto en el contexto de un principado como en
el contexto de una república. Maquiavelo reivindica, en el ámbito de lo
político, el uso de la crueldad, el engaño, la mentira, la injusticia, la violencia y una plétora de métodos “extraordinarios”; extraordinarios precisamente en tanto sólo se justifican en la vida política. Parte importante del significado de su obra es una reconceptualización de la virtud política que
contrasta fuertemente con la versión más tradicional y cristiana de las virtudes. En forma simplificada, y adelantando lo que se abordará en más detalle, la virtù4 política, en el sentido que le otorga Maquiavelo, no es hacer el
bien, sino saber cuándo hacer el bien y cuándo el mal —y tener la sang
froid como para hacer el mal cuando las circunstancias así lo exigen.
Esta concepción de los medios permisibles en política se enmarca
dentro del combate entre la virtù y la fortuna que ocupa un lugar central en
la concepción política de Maquiavelo. La fortuna es, para Maquiavelo, todo
aquello que está fuera del control de los seres humanos, más específicamente, de los hombres. La virtù, en cambio, es la fuerza propia, la capacidad
inherente de una o más personas para imbuir la realidad con la voluntad en
forma independiente. De ahí que contraste con la fortuna y con “armas
ajenas”: la virtù conlleva la habilidad para dirigir las circunstancias utilizando “armas propias”5, según el lenguaje marcial del mismo Maquiavelo,
que sólo es parcialmente metafórico. “Armas propias” son literalmente los
ejércitos y el aparato militar, pero al mismo tiempo, y de manera metafórica, son todas las fuerzas —ya sea materiales, intelectuales o espirituales—

4 Para evitar confusiones, y siguiendo un procedimiento relativamente estándar en la
interpretación de Maquiavelo, utilizaré el término italiano virtù para referirme a esta concepción especial de la excelencia propia de lo político.
5 El Príncipe (1993), p. 5.