Leccion del ecosistema emprendedor de MIT.pdf


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es llevar el conocimiento que surge de un proyecto
hasta la fase de planta piloto u otra próxima etapa.
En algunos casos excepcionales se pueden formar
consorcios, como en el caso muy conocido del
MediaLab. Los laboratorios del MediaLab funcionan
con un pool de dinero aportado por grupos de
empresas de telefonía, banca, electrónica, etc. que
entran en el programa y, a cambio, cada novedad o
conocimiento que sale de sus laboratorios se les
comunica en exclusividad a las empresas
participantes.
La industria, paga el 17% de la investigación de
MIT.
Entonces, en España ¿qué crees que falta para
conseguir algo así? Pablo me responde
directamente “A muchos profesores no les interesan
los problemas de las empresas españolas. Publicar
y dar clase les recompensa más. Además, nos falta
mentalidad de riesgo. Europa necesita más gestión
de riesgo, más capitalistas de riesgo. La mayoría de
las empresas españolas no hacen I+D”. Y las
escasas que lo hacen, se unen en consorcios
europeos,
que
no
incluyen
demasiadas
universidades. El esfuerzo es demasiado disperso.
Por el contrario, en EEUU las empresas prefieren
trabajar con las universidades, en lugar de unirse
con sus competidores para obtener un proyecto
financiado por el gobierno. O en caso contrario,
cuando hay consorcio, se involucran empresas no
competidoras y se incluye a la universidad (20% de
los casos de colaboración, en MIT). Por ejemplo,
este es el caso de un centro de investigación
creado el año pasado en el MIT, en colaboración
con la Asociación de Cemento Portland (PCA) y la
fundación para la investigación y formación del
sector Ready Mixed Concrete (RMC).
El ecosistema de MIT no está cerrado al mundo,
también existen programas de colaboración con
varios país para exportar sus procesos de
transferencia tecnológicos.
Basadas en el campus, hay oficinas con grupos de
personas coordinadoras de estos programas. Uno
de ellos, José Establi, director del proyecto
“Innovation and Entrepreneurship Initiative (IEI)”, del
programa MIT-Portugal, me ha concedido una
entrevista. Hemos hablado de la particularidad del
ecosistema de MIT.
“Lo que pasa en Portugal y probablemente en
España” dice José, “es que después de registrar
patentes no hay realmente un plan establecido
sobre lo que se va a hacer con ella, en particular
referente a su salida al mercado”. En MIT hay
programas de formación informal para saber qué
hacer. De manera más general, en
EEUU
existe
una
asociación,
Association
University
Technology
Managers
(AUTM),
que
también
distribuye información práctica a través
de conferencias y talleres, y que enseña
los términos legales de licencia y
comercialización de patente a los
gestores de transferencia, a los
profesores,
estudiantes
y
emprendedores. AUTM crea una red de
expertos y proporciona “networking” a
disposición de todos. Lo esencial para

promover la transferencia tecnológica en los
organismos públicos, según José, “es la
transparencia de los procesos”. Pero pregunto
“¿Qué lleva a los académicos y científicos a
informarse
sobre
la
comercialización
de
tecnología?” José me responde: “No hay milagro,
aquí también los investigadores tienen la presión de
publicar. Por tanto, se les tiene que dar incentivos
para hacerlo”. Si un científico tiene un resultado
interesante que pueda resultar en una aplicación,
tendría que poder beneficiarse de recursos y tiempo
para hacerlo. Eso significa dinero, pero también
tiempo de dedicación reconocido y la posibilidad de
involucrar una parte del horario de sus estudiantes
en la fase de prueba de concepto. Aquí tenemos
incentivos en forma de competiciones, premios y
reconocimientos para el personal y los estudiantes.
La comunidad de MIT sabe perfectamente que tiene
que nutrir el ecosistema para que siga productivo. A
nivel nacional, tenemos los programas de becas
SBIR y STTR para pequeñas empresas que quieren
innovar usando la tecnología y el know how de los
investigadores. El papel más importante de estas
becas es cerrar la brecha entre el desempeño de la
ciencia básica y la comercialización de las
innovaciones resultantes.
José está de acuerdo sobre tres principios claves,
enraizados fuertemente en la cultura sustancial
americana, para que el ecosistema MIT funcione:
primero, la disposición de muchos en resolver
problemas en apariencia insignificantes. No se tiene
vergüenza en utilizar soluciones tecnológicas en
algo aparentemente trivial, por ejemplo, aspirar la
moqueta. En Europa, un profesor permanente se
habría ofendido si se le propusiera este tema de
investigación. Segundo, MIT reunirá todos los
recursos que se necesite para resolver el problema.
La única condición es que un equipo tome la
iniciativa y se prepare para afrontar el reto. Luego
hay clubes, competiciones de incentivos, abogados,
capital riesgo, etc. dispuestos a escucharles y
ayudarles. Todo se basa en la voluntad de ayudar a
la comunidad. En tercer lugar, la clave es que aquí
hay tolerancia al fracaso. Si se fracasa no pasa
nada, puedes intentarlo otra vez. Incluso está bien
visto, porque se saldrá más fuerte de la experiencia
y se podrá utilizar en un segundo intento. El
ecosistema de MIT recicla las tachaduras
originadas por los intentos y las utiliza para mejorar
su propia experiencia en el proceso y sus
herramientas de asesoramiento. “¡No solo en
Europa tenemos miedo de nuestros fracasos sino
también de nuestros éxitos!, dice José. “Si tienes
éxito una vez, prefieres quedarte con esa victoria,
en vez de arriesgarte de nuevo y empañar tu gloria
anterior!”
Éxito, en terreno experimental favorable y
sin miedo al fracaso, es quizás lo que han
venido a buscar aquí, dos emprendedores
españoles: Iker Marcaide, fundador de
peerTransfer y Elisabet de los Piños,
fundadora de Aura Bioscience. He tenido
la oportunidad de escuchar a ambos
contar sus historias de éxito.
Iker era estudiante de MIT cuando, en
este ambiente emprendedor, identificó un
problema común tanto para él como