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«Tantágora
és una bèstia qui ha cara
de hom, e ha tres endanes
de dents, e lo cors de lahó,
e coha de estor, pits e ulls
de cabra, e és vermella, e
ha veu de serpent, e és pus
hiversosa de correr que
altre bèstia»
(Bestiaris. Volumen II. Barcelona. Editorial
Barcino 1964. Pág. 119 )

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sum
editorial

...............................................................

4

va de pensar
El hilo de la memoria, una metáfora del discurso narrativo
Estrella Ortiz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6

Cuentos de la liberación
Los aportes de la oralidad africana en América
Alexander Hernández . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 12

La cultura tradicional y el exilio
Inongo-vi-Makomé . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 18

va de charla
Entrevista a Meslem Seddik dit Mahi
Rosa Maria Carbonell

........................................................

24

Entrevista a Boniface O’fogo
Rosa Maria Carbonell . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 28

Entrevista a Rafo Díaz
Rosa Maria Carbonell . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 32

Entrevista a Moussa Ag Assarid
Ana G-Castellano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 36

va de cuentos
Cuento del show “a la sombra del baobab”
Rafo Díaz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40

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ario
El pájaro del pico verde
Mehi Seddik dit Mahi . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 42

El viejo cocodrilo
Inongo-vi-Makomé . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45

Tigre no come luna
Alexander Hernández . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 50

Tigre trata de vengarse de Anancy
Alexander Hernández

........................................................

52

va de libros
Historias de una selva africana para Muna
Seve Calleja

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54

Los niños del desierto
Ana G-Castellano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 55

va de eventos
Crónica del curso “Dona i Folklore”, Barcelona, mayo/junio 2011
Dolors Llopart . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 56

FEST 2011, Toledo, junio 2011
Joxemari Carrere . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 58

Festival de Théâtre d´Alger: Arts de la parole, Alger, junio 2011
Ana Gª-Castellano

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59

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edit
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África y la oralidad
Muy probablemente no se puede hablar de África
y la oralidad sin citar a Amadou Hampaté Bâ. Fue
un africano sabio que se definía como un diplomado de la gran universidad de la palabra fielmente
vehiculada por la memoria de los hombres que la
practicaban bajo la sombra de los baobabs. Perteneció a esta clase de pueblos de raza negra que
supieron desarrollar con gran maestría el arte de
la palabra no escrita. Según él, una cosa es la escritura y otra el saber, que la primera es la fotografía del segundo, pero el saber es la luz que proviene de todo cuanto nuestros antepasados han
podido conocer y nos han transmitido.
Pero ya Platón se refirió a la oralidad versus escritura en su diálogo Fedro, poniendo en boca de
Thamus estas palabras dirigidas a Theuth: “Tú,

precisamente, padre que eres de las letras, por
apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a
los que tienen. Porque es olvido lo que producirán
en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos
mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco
de la memoria lo que has hallado, sino un simple
recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que
proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos,
siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar
porque han acabado por convertirse en sabios
aparentes en lugar de sabios de verdad.”

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orial
Siguiendo el rastro de esta dicotomía, nuestra revista ha salido en busca de la palabra oral a través
de la escritura. Interrogando a personas que se dedican a la oralidad hemos querido dar una visión
escrita de la oralidad del continente africano. Sabedores de que las fronteras de África no terminan
en el marco geográfico estipulado, hemos recalado en tierra americana que fue durante siglos lugar
de destino de la emigración negra, y en cuya tradición oral dejó ésta su inequívoca huella. Dedicamos también algunas páginas a la emigración africana y el peligro que entraña el desconocimiento
de los cuentos de tradición oral por parte de la población más joven empobreciendo así las raíces
culturales de referencia. “No te fíes de quienes no
quieren conocer su pasado – escribe Roberto Cotroneo -. No es la humildad del sé que no sé, es la

imbecilidad del me da lo mismo saber o no saber”.
Hemos charlado con gente de palabra, centroafricanos en Europa, norteafricanos en gira por su tierra de origen, americanos africano-adoptivos. Nos
hemos interesado por las versiones escritas de
narraciones que vieron crecer a estas gentes que
viajan a través de la palabra dicha. Hemos preguntado a algunas editoriales que publican oralidad.
Hemos reseñado un par de libros de autores africanos. Y, por último, hemos querido hacernos eco
de algunos de los acontecimientos que han tenido
lugar entre los narradores, ocupantes de esta tierra
de todos que es el mundo de la palabra dicha.
Este es el retrato de África que brindamos a nuestros lectores con el que esperamos contribuir a
enriquecer sus múltiples aspectos y realidades.

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va de
El hilo de la memoria,
una metáfora del discurso narrativo
Estrella Ortiz
Cuentista (España)

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El narrador frente al auditorio hila, cose, teje su
historia. Esto, naturalmente, es una expresión figurada, una metáfora. Y lo que tiene de particular es que, a pesar de la antigüedad de estos dos
oficios –narrar y tejer–, su uso como expresión
todavía perdura en nuestro imaginario. Parece
ser que en numerosas culturas el concepto de
tejido se ha considerado desde siempre vinculado a las ideas de creación, complementación y
vida. En la nuestra, encontramos un rastro muy
esclarecedor en la palabra de origen griego
“rapsoda”, ya utilizada por Homero, y que en su
sentido etimológico designa a aquel que teje,
que cose un canto. De modo que cantar y recitar
se equiparan a la labor de coser.

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pensar
¡Un tejer, un cantar y un contar sin duda anteriores a la escritura. Pues todas las metáforas referidas a esta actividad que conocemos son orales
y se emplean para designar incidencias que pueden ocurrir al narrar de viva voz. Más tarde, esas
mismas figuras imaginativas pasaron a utilizarse
también en la escritura, con toda seguridad reviviendo la situación oral original. Por poner un
ejemplo, la palabra “texto” proviene del latín y
significa tejido, del participio del verbo tejer.
Estas afirmaciones nos trasladan a un tiempo en
el que hilar y tejer eran actividades realizadas a
diario y, según las culturas, tanto por hombres como por mujeres. Esa labor requería una gran dedicación, pues además de la propia ropa se tejían
atuendos para ceremonias, mantas, alfombras,
toldos para las tiendas e incluso, tal como ha demostrado la historia, armaduras. Asimismo, al menos en el continente africano, las cintas estrechas
de tejido también se utilizaban como moneda. Un
actividad, pues, muy arraigada y comunitaria, que
nos hace pensar en el contexto donde se hilaba y
tejía tanto y tan variado como la fuente de muchas
historias. Tenemos noticia de ello a través de rela-

tos mitológicos que explican quién y en qué circunstancias enseñó a tejer a una colectividad, y
de cuentos en los que aparecen objetos como la
rueca, el huso y el telar. Por citar algunos, pertenecientes a nuestra cultura, en la recopilación de los
hermanos Grimm está La bella durmiente, cuya
protagonista cae en un sueño de cien años cuando se pincha con la rueca, y Las tres hilanderas y
El enano saltarín, dos cuentos que tienen en común que alguien socorre a una muchacha hilando
en su lugar, y aunque más adelante la joven deberá pagar un precio por ello, a la postre logrará no
tener que hilar nunca más.
Dice Eduardo Cirlot, en su Diccionario de símbolos, que “hilar, como también cantar, resulta una
acción equivalente a crear y mantener la vida”. Detrás de esta mítica afirmación existen muchas historias que la sostienen. Las Parcas y las hadas son
hilanderas, y también lo son innumerables figuras
legendarias y folklóricas. Son estos seres los encargados de hilar la trama de la vida y de, a su tiempo, cortar el hilo. Hesíodo describe a las tres Parcas, las hilanderas del destino, de este modo:
Cloto tiene en su mano la rueca en la que lleva

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va de pensar

prendidos hilos de todos los colores y de todas las
calidades, de seda y oro para los hombres cuya
existencia vaya a ser feliz y de lana y cáñamo para
los destinados a ser desgraciados; Láquesis da
vueltas al huso al que se van enrollando los hilos
que le ofrece su hermana, y Átropos, la inevitable,
sostiene unas tijeras con las que corta de improviso y cuando le place el hilo fatal.

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En una fábula africana, una familia se olvida de
tirar el agua de lavarse los pies antes de irse a
acostar, y eso trae como consecuencia que entren en la casa unos hombrecillos y unas mujercitas diminutos que se ponen a tejer como locos
sin parar de cantar y chillar. Para librarse de
ellos, la familia necesitará la ayuda de un hombre sabio. Esa asociación entre el agua que no
fluye y la necesidad de hilar resulta, a mi modo
de ver, muy bella, pues la metáfora del fluir del
agua para referirse al discurso también la utilizamos muy a menudo en el lenguaje cotidiano.
A partir de estas consideraciones, sólo se necesita dar un pequeño paso para creer que el
cuentista cuando narra también ejerce el papel
de creador de una tela y que es un constructor
de destinos, a la manera de un pequeño dios
manejando los hilos de la historia. Un paso que
sin duda se dio hace mucho tiempo, pues son
numerosas las expresiones todavía vigentes
que dejan constancia de ello. Ahora bien, la metáfora del hilo como discurso narrativo es tan
completa que se emplea en todas sus diversas
acepciones semánticas, pues además del hecho mismo de hilar, el hilo se usa para tejer, para

coser, para bordar, para atar y para engarzar
cuentas. Todas ellas actividades que se aplican
a las cualidades y condiciones que, como estamos viendo, caracterizan el discurso narrativo.
Así, a propósito del hilo de la memoria, cuando
se habla de alguien que está haciendo memoria
decimos que “devana la madeja”, y el que recuerda con ahínco “se devana los sesos”; sabemos que se habla siguiendo el “hilo de las palabras”, y que en el contar se detalla “el hilo de las
acciones”. Estos ejemplos nos hacen pensar en
la narración como un recitado lineal en el que no
quedan “cabos sueltos”, ya que contar es narrar
una cosa detrás de otra sin derroche de personajes o secuencias secundarias.
Falla la memoria cuando “se pierde el hilo” conductor aunque se sigan otros secundarios,
cuando “se corta el hilo” del discurso. “Perder el
hilo” de lo que se está contando es quedarse sin
rumbo, perder el propósito de lo que se busca
con la narración. Alguien que “no hila” es alguien que desvaría y, en un caso extremo, que
ha perdido por completo la razón. Por cierto, en
numerosas corrientes psicológicas el hecho de
que el paciente sea capaz de contar su propia
historia de vida es valorado muy positivamente
como signo de buen juicio.
A propósito de perder el hilo, de perderse, la referencia más conocida la encontramos en el relato
mitológico del Minotauro. Fue el famoso “hilo de
Ariadna”, el ovillo que ésta regaló a Teseo, el que
resultó ser la ayuda indispensable para salir del la-

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berinto tras haber acabado con el monstruo. ¿Y
cómo salir, entonces, del laberinto de las palabras? Pues, al igual que Teseo, siguiendo el hilo,
sin perderlo, desarrollando un suceso tras otro.
Como si cada historia fuese un ir y un volver, un
desenredar una madeja y recogerla. Esto implica
que una buena historia para ser dicha de viva voz
habrá de tener gran economía de personajes y sucesos, sólo los indispensables, y todos unidos por
ese gran río sobre el que discurren.
Si el discurso no es fluido, “se enmaraña” –curiosa la connotación de la tela de araña y que
viene referida muy a propósito en el nombre de
Ariadna, araña–, se “lía”; se hace un “nudo”, se
forma un “enredo”. En este sentido, también la
palabra “desenlace”, referida al final de una historia, está teñida con las connotaciones del hilo,
pues implica un deshacerse de todos los lazos
que se han ido creando a lo largo de la narración. Recordemos que, según el orden clásico,
una historia consta de tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Y aunque hace tiempo
que la literatura escrita subvirtió este orden, para el relato oral continúa teniendo pleno sentido.
De alguien que es agudo en lo que piensa y dice, decimos que “hila muy fino”, enlaza las cosas, no pierde el hilo, y consigue “bordar” el discurso. En cambio, el que “pega la hebra” es el
advenedizo; y el que se lía, el que lo lleva todo
“con alfileres”, o como mucho poco más que
“hilvanado”, nunca encandilará a sus oyentes.
Cuando “se tira del hilo”, se sonsaca una información. Y una vez que se empieza a tirar de él,

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una cosa va detrás de la otra. Pues “por el hilo
se llega al ovillo”, o lo que es lo mismo, al nudo
de la cuestión.

estructura de un relato, sea en prosa o en verso,
y la memorizamos, podemos después habitarlo,
llenándolo de detalles y color.

¿Qué hace que dentro del discurrir de una historia
un episodio vaya detrás del otro sin dejar espacio
para el olvido o la equivocación? Dicho de otro
modo, ¿de qué se vale la memoria para enlazar los
sucesos y así llevar a buen fin un cuento? La respuesta se encuentra en dos palabras clave, que
también entran en el campo metafórico del hilado
y el tejido de las historias: el hilo de una historia no
se pierde gracias a la trama y a las cuentas.

Una de las acepciones más comunes en castellano
de la palabra “cuenta” es la de cómputo, es decir,
una operación sencilla con números. Un contar en
este caso de llevar la cuenta, de número. Además,
el término “cuenta” también puede referirse a la pieza que forma parte del ensartado de un collar. Si
“nos damos cuenta”, ambos vocablos –cuento y
cuentas– están bastante relacionados en su significado profundo, pues contar referido a narrar es,
en muchos aspectos, llevar la cuenta, el cómputo,
el número o la relación de esas secuencias; y ese
narrar ha de estar tan hilado como las cuentas de
los collares, con un orden que, una vez establecido,
sea lo más fijo posible para facilitar su recuerdo.

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Estamos habituados a emplear la palabra “trama”
para designar la base, el armazón sobre el que se
sostienen todos los detalles de una historia. Usamos tanto esta palabra en su sentido figurado que
olvidamos su acepción en términos textuales. Pues,
referida a la terminología del telado, la trama es el
primer tendido de hilos que se realiza en el telar; y
sobre ellos se entrelaza la urdimbre con la ayuda de
la lanzadera. Es decir, la trama es la parte fija, mientras que la urdimbre es la parte móvil; la trama es la
estructura, así como la urdimbre son los detalles.
Juntos, trama y urdimbre, forman el tapiz. Juntos, estructura y detalles, conforman el discurso.
Y es en este armazón –la trama– donde se integran todos los componentes memorables, es
decir, todo lo que hace que ese relato sea fácil
de recordar para oyentes y narrador. Un esqueleto fijo sobre el que descansa la historia, un
tronco sobre el que brotan las ramas y las hojas
del árbol. Pues sólo cuando hacemos nuestra la

Muy bella, en mi opinión, resulta en este contexto la
palabra “retahíla” (del latín recta e hila), una serie de
muchas cosas que están, suceden o se mencionan
por su orden. Y como sinónimos suyos tenemos las
palabras serie, sarta, lista, letanía, ristra, enumeración, relación, repertorio y rosario, todas ellas aplicables a la metáfora que nos ocupa del relato.
Así pues, los sucesos se engarzan, se ensartan
en ese collar que llamamos historia, y “en resumidas cuentas”, para poder contarla y no perder
el hilo, habrá que prestar especial cuidado al
desarrollo de su trama y a los detalles que la conforman.
E.O.

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va de pensar

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va de pensar

Cuentos de la liberación
Los aportes de la oralidad africana en América
Alexander Hernández
Narrador y becario de la Fundación Carolina (Venezuela)

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Lo escuché por primera vez contando cuentos en
el sur del Lago de Maracaibo. Era un hombre maravilloso, su cuerpo y sus manos inmensas eran todo el tiempo una acción permanente de contar la
vida de África; aunque no había nacido allá, sus raíces y antepasados habían hecho el viaje más terrible que haya experimentado la humanidad. Arrancados de sus tierras, llegaron a América como
esclavos; procedían de diferentes pueblos y comunidades de África occidental y central, todos
con culturas y lenguas distintas, entremezclados.

vestigación lo había llevado a estudiar historia en
la universidad, pero su pasión estaba en el campo, en las narraciones de la gente, en la danza y
en la música, y en esa inquietud originaria de saber de dónde venimos. Un buen día tomó su bolsa y se fue a África, y entonces su vida cambió;
dicen que eso es lo que les pasa a las personas
que pisan de nuevo su tierra de origen. Desde
ese momento ya no supimos cuándo Juan contaba un cuento de África, o de América, o cuándo
su imaginación recreaba el mundo de los dos
continentes en una nueva narración. Muchas son
las historias que recuerdo, pero en especial una:

De boca de Juan de Dios pude oír las primeras
historias de ese continente. Su interés por la in-

Un día, cuando pasaba frente al palafito solitario, Antonio Juan recibió el influjo de un espíri-

Las primeras historias de África

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va de pensar

tu que se acercaba en forma de serpiente. Era
el indio bobures que se le presentaba en posición de ataque. Entonces, Antonio Juan invocando sus conocimientos se transformó en
una gruesa vara de mangle y empezó a golpear con gran fuerza la cabeza de la serpiente.
(Hernández y Martínez, 1999: 8)

variedad de expresiones artístico-religiosas inagotables; pensemos por ejemplo en la riqueza
de estas representaciones en países como Brasil, Haití, Cuba, Jamaica, Venezuela y Colombia,
además de todas las islas menores del Caribe.
En este sentido, podemos precisar estos aportes en lo que indica Argeliers León:

Un cuento de transformaciones que Juan contaba en muchas ocasiones. Antonio Juan, según el
cuento, era un hombre afrodescendiente que vivía en el sur del Lago de Maracaibo, y según Juan
de Dios, conocía todos los conjuros y oraciones
para realizar transformaciones corporales. Cuentan los habitantes de esta zona que aún hoy hay
personas que conocen las palabras mágicas para transformarse en un animal, un vegetal o cualquier fenómeno de la naturaleza.

De las múltiples y complejas aportaciones
culturales ha surgido una síntesis a la cual
muchos elementos literarios han llegado
por la vía oral. No faltan las variantes, muy
sutiles a veces, que distinguen una zona de
otra como consecuencia de las naciones
africanas que con mayor aportación de
hombres contribuyeron a los diferentes sitios de poblamiento en América, así como
las relaciones de producción presentes en
las formas económicas de la colonización
americana. Esto produce, dentro de las variantes regionales, diferencias de matices y
de grados por la presencia afroide en el continente americano.

Afroamérica

Los esclavos que llegaron a América no sólo llevaban a América su mano de obra y sus cuerpos para
ser sometidos a los trabajos forzados, sino también
todos sus conceptos mágico-religiosos, conocimientos de la naturaleza, formas de organización,
relaciones humanas, lengua, poesía, música, cuentos y un enorme caudal de vivencias y experiencias
que pervivían en la memoria. Entremezcladas, entre
culturas y en una nueva tierra, todas estas experiencias tomarían nuevos rumbos y significados, se
transformarían y volverían a nacer.
En el campo de la oralidad, heredamos en el continente americano una riqueza de formas y una

Ante esta gran diversidad de personas que acogerá el continente a partir de 1600, las formas
expresivas orales adquirirán una enorme variedad. En algunos casos, pervivirán tradiciones
muy similares a las vividas en África, y en otros se
tratará de expresiones prácticamente inéditas:
La expresión oral ha venido conservando
las tradiciones en forma de fórmulas mágicas, oraciones, conjuros, pasajes de la vida
de las deidades y los misterios de la integra-

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va de pensar

ción de los poderes mágicos, y explicaciones de muchos de los hechos de la naturaleza con los que más directamente se mantuvo ligado el africano aportado por la trata
esclavista, y transmitidos oralmente a las
subsiguientes generaciones americanas.
Mestizándose aquellas, se mestizaron también los aportes de las culturas originarias.

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Es a partir de este momento cuando en la dinámica cultural del continente, ya afectada por la invasión europea, irrumpirá la acción africana en diáspora. Personajes maravillosos entran en la
escena: músicos, curanderos, bailarines, narradores, poetas, historiadores, lingüistas, sacerdotes
y muchos otros oficiantes de la palabra y el arte.
Los cuentos de la liberación

Según datos recabados por los historiadores, en
los 300 años que duró la trata se estima que fueron trasladados a América unos diez millones de
africanos. En líneas generales el trato fue cruel,
inhumano y degradante, sin ninguna contemplación por motivos de sexo o de edad, ya que llegaron mujeres, hombres jóvenes, hombres mayores
y niños. El trato era tan inhumano que los esclavos eran contabilizados como “piezas de india”:
una sola persona era considerada una “pieza” si
era fuerte y joven; en caso contrario, una “pieza”
la formaba la suma de varias personas. Una de las
características del trato esclavista era la aculturación a que sometían a los que procedían de una
misma comunidad: tras su llegada, eran repartidos en haciendas distantes para impedir que se

comunicaran y evitar así posibles conspiraciones. La separación era selectiva; no se permitía
que miembros de una misma comunidad quedaran juntos (Pollak-Eltz, 1991).
Los hombres sólo pensaban en la huida. Prácticamente desde el momento mismo de pisar tierra americana, muchos empezaban a preparar la
fuga y el anhelado retorno a la tierra de origen.
Así fue como se produjeron las primeras fugas y,
con ellas, la formación de espacios libres llamados “cumbes” o “palenques”:
Cabe destacar que los cumbes fueron los
espacios donde se restituía vivir en libertad,
es decir la vida, la familia, el trabajo colectivo, la siembra, espiritualidad, realizar las estrategias para liberar a los otros esclavizados, protegerlos y mantener la resistencia.
(Guerrero, 2009: 28)
Estos pueblos de los fugitivos fueron los espacios
propicios para el desarrollo de nuevas formas organizativas, pero también de las expresiones artísticas. Consideramos que este fue el mejor momento para que se desarrollase la narración de los
cuentos, la recreación de las historias que aún se
recordaban de África, así como para la incorporación de nuevos espacios, ambientes, naturaleza,
incluso de los elementos del mundo europeo e indígena con el que los fugitivos habían entrado en
contacto. Algunos cumbes no sólo estaban constituidos por “negros cimarrones”, sino también por
indígenas fugitivos, por lo que se constituyeron
como comunidades multiculturales.

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va de pensar

En el caso de los cuentos africanos, estos vinieron a incorporarse a la vida de los cumbes como
espacio de liberación, ya que todo proceso de
violencia implica no sólo la afectación del cuerpo físico, sino también de la integridad de la
persona y su vida familiar y comunitaria; por lo
tanto, después de esta brutal agresión, es necesaria la restitución de esa integridad. Esto es
un proceso que se desarrolla mediante diferentes formas y expresiones, desde la lucha armada por la liberación hasta las formas más sutiles
de la palabra, los cuentos y las canciones. Los
cuentos orales, por su necesaria formación colectiva y expresión comunitaria, funcionaron como el mejor elemento para incorporar a la comunidad trasplantada y esclavizada a una nueva
comunidad política y para ayudarla a superar la
violencia, que somete a las víctimas a un aislamiento que les impide integrarse.
Tal vez aquellas antiguas sesiones de cuentos
junto al fuego, en medio de la selva, en un territorio libre, se iniciaron con los relatos o testimonios orales de la violencia y el sufrimiento vividos por cada uno de los allí reunidos, que de
este modo compartían su experiencia personal.
Esto dio paso a la recreación de nuevas historias y, con la participación de los artistas de la
palabra, estos relatos se convirtieron en recursos de resistencia. De ahí los cuentos burlescos, donde se ridiculiza al esclavista, donde la
fuerza bruta es vencida por la astucia, donde el
débil triunfa sobre el que tiene todas las de ganar; cuentos en los que la magia heredada de
los ancestros confiere unos dones especiales a

estos nuevos hombres y mujeres que renacen
en la nueva tierra. También persiste en la mente
de todos el recuerdo imborrable del espacio
africano, de la familia, de la comunidad donde
vivieron y de las formas narrativas más originarias del continente del que fueron arrancados.
Así, en el cumbe comenzaron a desarrollarse
nuevas formas expresivas que, unidas a algunas comunidades indígenas, compartieron extrañas narraciones con lenguas reconstruidas y
personajes que comenzaban a mutar en la selva americana.
Los cuentos de los cum bes

Si diversos fueron los pueblos que llegaron a
América procedentes de África, de igual manera encontraremos una enorme variedad de
cuentos y representaciones de ese mundo. A
modo de ejemplo, me referiré a dos formas con
las que he tenido contacto como narrador: los
cuentos de Tío Conejo, en todo el Caribe, y los
de la araña humana Anancy, propios de la tradición de las islas caribeñas especialmente no
hispanas.
Los cuentos de Tío Conejo corresponden a los
cuentos de la infancia presentes en los libros escolares y recordados en las noches antes de ir a
dormir. Son cuentos anónimos, tienen como objetivo central entretener y hacer reír, y suelen ser
optimistas. Los personajes centrales son uno
débil (Tío Conejo, un héroe de la supervivencia) y
otro fuerte (Tío Tigre), pero la audacia y la inteligencia del débil se imponen siempre sobre la

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fuerza. En Venezuela, cuando un narrador va a
contar un cuento de Tío Conejo, por lo general
agrega inmediatamente “y de Tío Tigre”, como
una necesidad de oposición entre el sujeto y su
oponente; en cierta medida, se necesitan mutuamente en una narrativa del poderoso y el carencial (Almoina, 1990).
Fue con el grupo de cuentacuentos de Curazao
Lingua Franca, en el Festival Iberoamericano de
Cuentacuentos que celebramos en 1991 en
Maracaibo (Venezuela), cuando la narradora del
grupo Ini Statia nos habló por primera vez de los

cuentos de Anancy, que es la figura central de
muchas de las principales tradiciones afrocaribeñas. Durante siglos, las historias de Anancy han
sido contadas para los niños y adultos de los dos
continentes. Ciertamente, son un tanto similares
a las historias de Tío Conejo. Anancy es representado como una araña, o como un ser mitad
hombre mitad araña. Algunos investigadores
sostienen que estos cuentos provienen del entorno del Golfo de Guinea.

A.H.

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Bibliografía

- Guerrero, Jorge. La presencia africana en Venezuela. Fundación Editorial El Perro y La Rana.
Red Nacional de Escritores de Venezuela. Ediciones de Aragua. Colección Miguel Acosta
Saignes nº 2, 2009.
- Hernández, Alexander, y Martínez, Juan de Dios. Tres Culturas. Cuentos del lago. Comisión V
Centenario del Lago de Maracaibo. Venezuela, 1999.
- León, Argeliers. “Un caso de tradición oral escrita”. En: Anuario para el rescate de la tradición oral en América Latina.
- Pilar, Almoina. El héroe en el relato oral venezolano. Caracas, Monte Ávila Editores, 1990.
- Pollak-Eltz, Angelina. La negritud en Venezuela. Caracas, Cuadernos Lagoven, 1991.

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La cultura tradicional y el exilio
Inongo-vi-Makomé
Narrador, dramaturgo y escritor (Camerún/España)

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Los desplazamientos

A veces he dicho que todo hombre es como la última rama de un árbol. Esta rama divisa panoramas que no perciben ni el tronco ni las raíces. Pero ella se encuentra allí gracias al tronco y a las
raíces. Y hay varias especies de árboles, de ramas, de troncos, de raíces. Si aplicamos este símil a los hombres, también encontramos gran diversidad de hombres y culturas, que pueden ser
la última rama de cualquier árbol. Se convive con
ellos y se actúa en consecuencia.
En las últimas décadas, nuestro mundo ha conocido grandes fenómenos de desplazamientos
humanos, llámense inmigración o emigración,
exilio o de otro modo. Pero aunque hoy, como última rama del árbol que representamos, vemos
esa realidad, sabemos asimismo que también en
el pasado se produjeron esos desplazamientos.
Muchos de ellos forman los árboles sobre los que
nosotros formamos las últimas ramas.

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Pero hablaré del presente, por ser yo parte de él.
Y, en esta condición, puedo explicar la importancia de la cultura tradicional para el exiliado. En
muchos casos esta cultura es una especie de
bastón en el que el hombre se apoya para no
caer. Es “el muro de contención” del individuo.
Suelo clasificar la in/emigración en involuntaria
y voluntaria. En la primera, el individuo abandona su tierra obligado por las circunstancias;
cuando su lugar de residencia ya no le garantiza su seguridad. En la segunda, el individuo se
va voluntariamente, aunque su tierra le dé todo
lo necesario.
En ambos casos, la cultura tradicional desempeña un papel importante. En el exilio voluntario, el
individuo suele transportar “sus raíces”. Las
planta en su nuevo hogar. En el involuntario, el individuo no acostumbra a hacerlo. Deja sus raíces
en su tierra. Es como si viajara sin su alma y sólo
se llevase el cuerpo.
En este caso, la cultura tradicional es más importante. Sobre todo la oral, que no consiste sólo en
la literatura, sino en la narración de las costumbres del lugar de origen. Aquí no importan las razas. Lo básico es la causa común: el exilio obligado. Durante mis años de estudiante, hacía
continuos viajes a Francia, Alemania y Suiza. Allí
me encontraba con inmigrantes españoles que
se habían ido a esos países en busca del trabajo
que el suyo propio no les ofrecía. Muchos me

confesaban que narraban a sus hijos las costumbres y tradiciones de su tierra.
Cuando, unos años más tarde, los inmigrantes
africanos empezaron a desembarcar masivamente en España, comencé a revivir una vez más con
mis hermanos, y con más amplitud, la transmisión
por vía oral de las costumbres de las etnias de los
progenitores.

La dureza del ex ilio

Después de esta introducción, ahora pasaré a
centrarme en la importancia o la necesidad de la
cultura tradicional en nosotros, los inmigrantes
negros africanos. La evocación de la tradición es
constante en todos nosotros, y menos para intentar justificarnos que para apoyarnos en ella como
el muro de contención que es, y así evitar nuestro
desplome.
La agresividad del medio hacia los inmigrantes
económicos es tan brutal que estos forman la inmigración involuntaria, y sin ese potente muro de
contención que es la cultura tradicional el derrumbe de muchos sería inevitable. La conservación de la cultura tradicional en un medio tan hostil hacia los pobres, que en este caso somos
nosotros los inmigrantes del sur, ayuda a que uno
se sienta alguien. Hace que te sientas tan ser humano como los demás. Te sostiene y ayuda a caminar con equilibrio allá donde vayas. Pero con

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esto no estoy diciendo que los individuos vivan o
tengan que vivir en una especie gueto de la tradición cultural.

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Tras haber realizado varios estudios sobre nuestra segunda generación, es decir, la de los hijos
que van naciendo en nuestro exilio, llegué a la
conclusión de que se había que transmitirles algo
de las culturas tradicionales de los progenitores.
Lo que les transmitimos los padres, junto con la
cultura del país donde han nacido, da lugar a una
cultura mestiza que les equilibra bastante. Porque el lugar donde nacen es tan hostil para ellos
como lo es para sus padres. A pesar de que las
constituciones de muchos países de Europa
otorgan a esos niños derechos de nativos, la realidad es bien otra. La asimilación de los inmigrantes, que es la doctrina en una sociedad como la
francesa, ya fracasó en su día. El resultado lo hemos visto en los levantamientos de los jóvenes
de las banlieues hace unos años.
En Cataluña y en España en general, desde que
empezó el fenómeno de la inmigración no dejamos de oír la palabra “integración”. Una palabra
mágica que se parió como medicina para esta
nueva plaga. Sólo que hasta hoy no se ha sabido
explicar qué es, ni cómo ha de ser.
Lo que algunos observamos es que se trata de una
especie de asimilación encubierta. Es decir, una forma de intentar “convertir” a los diferentes (inmigrantes) a la cultura de los nativos. Hacer todo lo posible
para que sean como ellos. Pero sin en ningún momento soñar en otorgar a los asimilados los mismos

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derechos de los nativos. Es lo que he bautizado como “la integración legal en la marginalidad”.

animales y los miembros de nuestros clanes, o la
explicación de la llegada a nuestros poblados y
el porqué de sus nombres.

El mestizaje

Frente a estos problemas que otra gente no percibe, pero sí quienes sufrimos las consecuencias de
su realidad, abogamos por la transmisión de algunos esquemas de la cultura tradicional de origen,
para crear un mestizaje que consolide a los individuos. Pero aclaremos que no estamos hablando
del mantenimiento de tradiciones que denigran al
individuo, como la amputación del clítoris y otras
costumbres que practican algunas etnias.
Nos referimos, entre otras, a la transmisión de
nuestra nutrida literatura oral. Con la narración de
nuestras mitologías, enseñamos la concepción
que tuvieron nuestros antepasados del origen
del mundo. Según una de esas fábulas mitológicas, al principio sólo había oscuridad y agua en la
tierra. Y sobre ellas reinaba un espíritu llamado
Mbombo. Un día Mbombo tuvo náuseas, y vomitó
el sol, la luna y las estrellas. Se hizo la luz y el calor
calentó el agua, que se evaporó y formó las nubes. Al ir secándose el agua, aparecieron las colinas. Luego Mbombo volvió a vomitar, y de su boca salieron los árboles, los animales, los hombres
y muchas otras cosas. Una especie de gran explosión, como el Big Bang que luego describirían
los científicos.
Con las leyendas descubrimos a los héroes de
las tribus; algunas relaciones de parentesco y de
amistad habidas en tiempos lejanos entre ciertos

Con los cuentos el campo es más amplio. Yo hoy
me dedico a la literatura oral y escrita desde mi
exilio, gracias a los cuentos. Cuando nació mi hijo Muna empecé a leerle cuentos antes de dormir. Con el tiempo, se vició: ya no se conformaba
con la mera lectura, al mismo tiempo quería ver
los dibujos y comentarlos. Y nunca era un cuento, sino muchos. El que se cansaba y se dormía
era yo. Ella me despertaba con una sacudida.
Una tarde le propuse contarle un cuento africano. Lo hice. En medio de la narración, empecé a
cantar como es costumbre en nuestra tradición.
Se durmió enseguida. Gané la batalla. Pero no
me acordaba de demasiados cuentos, así que le
pedí a una amiga que me narrara uno. Y al copiarlo para no olvidar, la chispa prendió. Desde
entonces escribo y narro cuentos.
Conclusión

Los cuentos representan un arma eficaz para hacer frente a ciertas situaciones. “El mundo del
cuento es el de la libertad”, decía Senghor. Y Lévine afirma lo siguiente: “No hay que olvidar que
los cuentos han sido creados por gentes de carne y huesos, portavoces anónimos, sin duda, pero que no por ello dejaban de perseguir, por instinto, unos objetivos precisos. Probablemente
habían comprendido lo que muchos profesores
y padres no comprenden todavía en la actualidad, que un individuo no puede sentirse sólido si

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no constituye en su interior un ‘otro sí mismo’ suficientemente poderoso y astuto, un ‘doble de sí
mismo’ reconocido y sagaz que le permita reponer fuerzas y encontrar confianza en los momentos críticos de la vida”.

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Sagacidad, “reponer fuerzas y confianza en los
momentos críticos de la vida” son aspectos que
necesita cualquier exiliado. Esos momentos están contemplados en los cuentos. Porque estos
constituyen, como dice Lévine, “un testimonio
de la identidad profunda de África. Probablemente se encuentra en ellos una parte importante de la memoria colectiva”.
Su transmisión fortalece al individuo, porque el
cuento africano impulsa hacia el desafío. “Es el
relato de una batalla, aparentemente exterior, interior en realidad, que opone las fuerzas protec-

toras a las fuerzas destructoras.” Luchar contra
esas fuerzas es luchar por la justicia en general y
el equilibrio del mundo. “Y nuestra arca no es otra
que esta, nuestra Tierra; y la gestión y el buen uso
de sus recursos, la manera de mantenerla a flote.
Pues mientras sigamos formando única parte de
su tripulación, es nuestra obligación marcar bien
el rumbo, evitando virulentas corrientes que la
azoten y puedan desencuadernarle el casco o
erosionar excesivamente su cubierta”, advierte
Seve Calleja.
La discriminación y las injusticias sociales que
vivimos en el exilio son como esas corrientes
que pueden erosionar la cubierta del arca.
Que en este caso es la sociedad donde cohabitamos.
I.M.

Bibliografía
- Calleja, Seve. Los descendientes del arca, antología de relatos ecológicos. Madrid, Miraguano, 1999.
- Inongo-vi Makomè. Emigración negroafricana: tragedia y esperanza. Barcelona, Carena, 2000.
- Inongo-vi-Makomè. Población negra en Europa, segunda generación. Nacionales de ninguna nación.
San Sebastián, Gakoa, 2002.
- Knappert, Jan. Reyes, dioses y espíritus de la mitología africana. Madrid, Anaya, 1988.
Lévine, Jacques. Prefacio a Los cuentos populares de África, de F.V. Equilbecq. Barcelona, Crítica, 1988.
- Senghor, Léopold Sédar. Prefacio a Les contes noirs de l’ouest africain, de Roland Colin. París, Présence Africaine, 2005.

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Entrevista a Meslem Seddik dit Mahi
Rosa Maria Carbonell
Periodista

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Alimentado desde pequeño por los cuentos de
su madre y por las narraciones de los guals, los
narradores que apostados en las plazas desgranaban cuentos que él oía a diario, no es extraño
que de mayor Meslem Seddik deseara profundizar en el inmenso y hermoso mundo de los sueños y la magia, hasta llegar a convertir esta pasión en su oficio.
¿Cómo recuerdas el entorno de tu infancia en
Argelia?

Nací en Sidi Bel Abbes, una ciudad grande y moderna. Fue construida alrededor de una confederación de tribus llamada Bani Amer. Sidi Bel Abbes ha conocido grandes figuras, como Kateb
Yacine o incluso el propio Camus, que enseñó en
uno de sus institutos; y de poetas populares como Mustepha Ben Brahim, poeta del Ghezzal, y
Benharrat, que han sido recitados por los cantan-

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charla
tes beduinos. Me crié en ese lecho cultural, con
una educación urbana pero también ligada a la
identidad tradicional árabe-bereber-musulmana.
Supongo que toda esa riqueza cultural influyó en
tu trayectoria posterior...

Viví en un barrio popular impregnado del espíritu
hispano-morisco; lugar y feudo de nuestro movimiento de liberación, muy cerca de la Tahtaha, la famosa plaza pública. Asistí desde pequeño a los espectáculos de los guals, que oía a diario en mi
trayecto hacia la escuela. Pienso que allí se cimentó en parte mi espíritu. Los guals acunaron mi infancia con narraciones legendarias y fábulas fantásticas, con héroes musulmanes como Ali y su espada
milagrosa, con cuentos religiosos de profetas.

Mi madre, Haja Fatan, que significa “alegre”, me
enseñó de forma natural esos cuentos que se
transmiten de generación en generación, y que
en mi formación han sido esenciales. Eso lo comprendí más tarde, mientras ensayaba obras de
teatro: fue entonces cuando descubrí que, en realidad, las bases de mi oficio las había sentado
mi madre con su teatro.
Dices que has tenido la suerte de descubrir el
teatro de la mano de muy buenos maestros
árabes. ¿Qué has aprendido de ellos?

He aprendido de autores árabes y también de
los grandes dramaturgos universales, como
Brecht, Piscator, Augusto Boal y sobre todo Dario Fo. Ellos me han enseñado el arte teatral y, en
especial, el arte de declamar.

Al parecer, también tu madre influyó mucho en esta formación tuya tan particular.

Mi madre era analfabeta, pero hablaba la lengua
de los poetas populares y también hablaba correctamente el español y el francés. Pese al ambiente
de pobreza en el que vivíamos, por la noche yo podía disfrutar de los recitales de mi madre, que inventaba para mí un universo de ficción.

Entre los escritores árabes, Kateb Yacine se
distinguió por hacer un teatro épico, revolucionario, de un realismo poético; yo pude capitalizar esa experiencia al pasar por grupos teatrales y adquirir tablas a su lado. Kaki fue el
creador del teatro popular revolucionario, y
Alloula el halga, el teatro del goual, el maestro
de la narración.

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¿Recuerdas cuándo empezaste a contar historias
y cuál fue la reacción del público?

En mi primer encuentro con el público se produjo una interacción magnífica. Siempre recordaré
la naturalidad con la que fluyó todo. Al principio,
cuando empecé a narrar, lo hacía para mis amigos. Después pasé a hacerlo en los cafés populares de mi ciudad, y sobre todo en la calle Gambetta, donde vivía. Poco a poco el público se fue
ampliando y empecé a visitar escuelas, universidades, hospitales, teatros; a cualquier espacio
que pudiera ocupar.
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Hablas con mucha admiración del libro de Mou-

La hija del carbonero, La blanca paloma, La novia
del sol, El pájaro de oro, Zal Goum y Los ogros.
¿Tienes buenos recuerdos de tu experiencia como narrador?

Por supuesto. Cada nuevo encuentro es una nueva experiencia y una nueva vida para mis cuentos.
Como he dicho otras veces: un cuento puede ser
explicado por un narrador en apenas unos minutos, pero en la cabeza de quien lo escucha puede
permanecer durante años. Una vez pedí a un público formado por más de novecientas personas,
adultos y niños, que cerrasen los ojos. Aún me
estremezco cuando lo evoco.

loud Mammeri Tellem chaho, como si esta obra
hubiera sido una revelación.

¿Hay alguna cosa en tu trabajo que te haya marcado particularmente?

No es sólo admiración. En Mouloud Mammeri he
encontrado a un autor argelino que habla mi mismo lenguaje; además, en su obra volví a encontrarme con aquel tesoro que me había transmitido
mi madre. Realmente su trabajo me ha iluminado
sobre lo que llevo buscando durante muchos
años. Ha sido a través de esta obra como he descubierto mi sensibilidad como narrador.
Además de recopilar la narrativa oral, también te
has decidido a transcribirla...

Era una obra desconocida para la mayoría de la
gente. Y cuando se publicó el libro esos cuentos,
que yo había traducido del árabe popular, empezaron a descubrirse. Puedo citar algunos títulos de
estas bellas y eternas leyendas, como Aufepina,

Hay muchas cosas que me han marcado. Pero
algunos de los recuerdos más impactantes que
conservo proceden de las visitas que hago a
centros, sean orfelinatos, casas de acogida u
hospitales de niños enfermos. He estado yendo
durante años a un hospital de niños asmáticos
situado en las montañas de Tessala. A algunos
de esos niños los he visto crecer, y siempre que
voy se produce algo muy especial. Ellos me esperan, y yo me entrego por completo a ellos,
procurando que su paso por ese centro sea
más llevadero.
Deseas ir a Palestina con tu espectáculo “Si yo estuviese en Gaza”. ¿Nos puedes explicar en qué
consiste este proyecto?

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Mi sueño sería ir a Gaza, a rodearme de niños,
compartir con ellos el tiempo del espectáculo y
permitirles reencontrar la alegría. El cuento es
una metáfora del conflicto israelí-palestino a través de la narración de dos palomas.

tre Sidi Bel Abbes, en Argelia, y Massueville, en
Quebec, con una diferencia horaria de seis horas. Pura magia. Esto ilustra lo que decía. A lo largo de su historia, el cuento siempre ha logrado
atravesar el tiempo y el espacio.

La mayoría de tus cuentos son para niños. ¿Tienes

¿Cuál es la situación actual en Argelia? Su ima-

también cuentos para adultos?

gen exterior parece ser la de un país violento.

Yo cuento historias para personas de 7 a 77
años. De hecho, en mi espectáculo todo el mundo se transforma en niño. Puedo explicar el cuento de El pájaro del pico verde1, La hija del león o
cuentos de Las mil y una noches, así como los
cuentos de La Mekkera o los cuentos de mi madre; o Machahou y el pequeño pez de oro, una
adaptación de una narración de Puskin que el público adora, y las fábulas de Ibn al-Muqaffa (Calila y Dimma), en las que se inspiró en parte La
Fontaine, y que yo os invito a descubrir.

Argelia no es un país peligroso. Es un país como
los demás; un pueblo que ha sido colonizado durante mucho tiempo, ha luchado por su libertad y
ha conseguido su independencia. Desde entonces el problema ha sido cómo descolonizarlo, y
creo que la cultura se ha revelado como el instrumento más eficaz. Como artista, pienso que es
necesario restablecer su patrimonio oral, su lengua, su identidad, su tierra... Creo que lo más duro ya ha pasado.

¿Cómo ves la situación del cuento en tu país?

Hace veinte años que me dedico al arte de la palabra. Los cuentos orales han llegado hasta nosotros a través de numerosas generaciones. Quizás ahora estemos viviendo los últimos años en
que puedan oírse de esta forma. Con las nuevas
tecnologías de la comunicación, el cuento también evoluciona. Recientemente he vivido una experiencia muy interesante en este sentido con
una amiga de Quebec, a través de la webcam en-

1 El lector encontrarà el texto de este cuento en el apartado Va de Charla

R.M.C.

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Entrevista a Boniface O’fogo
Rosa Maria Carbonell
Periodista

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Boniface O’fogo nació en un pequeño pueblo de
la selva del Camerún. El pueblo no tenía ni agua ni
luz y la escuela más cercana quedaba a seis kilómetros, de modo que para poder ir al colegio Boniface y su hermana debían recorrer ese trayecto
a pie cada día. Allí vivirá, integrado plenamente en
las costumbres de su entorno, hasta alcanzar la
mayoría de edad. Las enseñanzas recibidas de su
familia, y en especial de su padre, gran orador y
fiel trasmisor de cuentos, sentarán las bases de
su oficio casi sin que él se dé cuenta. Y su oficio le
llevará a recorrer diversos países en su singladura
como cuentacuentos, sin abandonar nunca sus
raíces africanas. Como él mismo dice: “Viva donde viva, viaje a donde viaje, mi cordón umbilical,
enterrado a la sombra del viejo baobab, me unirá
con la tierra de mis ancestros y con las tradiciones
y enseñanzas que de ellos recibí”.
¿Forman parte los cuentos del territorio de tu infancia?

De pequeño bebí de la inagotable fuente de la tradición oral, no sólo por las veladas de cuentos que hacíamos cada noche alrededor del fuego, sino también porque mi padre era un fiel transmisor de los
cuentos y leyendas de su etnia yambassa, y además
me solía llevar a las reuniones del consejo de ancianos, donde aprendí lo esencial del arte de la oratoria.

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Tuve la inmensa fortuna de nacer en una familia de
grandes oradores y maestros de la palabra. Mi
abuelo materno, al que no llegué a conocer, sanaba con la palabra. Su fama se extendía por todo el
país. También mi abuelo paterno, fundador de
nuestro clan y al que tampoco conocí, influyó mucho en mis valores. Y todo ello gracias a la transmisión oral: a través de ella recibí de mi padre las
enseñanzas que años antes había recibido él de
mi abuelo. Cada vez que yo llegaba a casa desde
España, lo primero que hacía mi padre era llevarme a la tumba de mi abuelo paterno para “presentármelo” de nuevo. En mi espíritu, es como si le hubiera conocido personalmente.
A menudo hablas del “árbol de la palabra”.

En mi pueblo, como en muchos pueblos del África
negra, hay un “árbol de la palabra”. Es el lugar físico donde se reúne la comunidad para hablar de lo
que sea; para resolver conflictos, celebrar rituales, contar historias... Es un lugar de convivencia.
En mi pueblo hay un proverbio que dice: “En el árbol de la palabra, la palabra se comparte”. Hay
que subrayar que ese lugar tiene carácter sagrado. Nadie debe ir allí a provocar conflictos, sino a
buscar soluciones. Da igual el tiempo que se emplee: si hace falta, se sigue discutiendo hasta llegar a un consenso.
¿Cuánto tiempo permaneces en la aldea?

Estuve viviendo en mi pueblo, junto a mi familia,
hasta los 17 años, en que me traslado a la capital
para hacer el bachillerato. Hasta ese momento, yo

sólo había conocido el mundo rural. Cuando llego
a la capital mi personalidad ya está formada. Ya
había recibido lo esencial en mi formación, las enseñanzas que me transmiten mi familia y mi entorno social más inmediato.
¿Recuerdas cuándo empezaste a contar
cuentos?

Empecé a contar cuentos en mi aldea, desde muy
pequeño, igual que la mayoría de los chicos y chicas de mi edad. En las noches de luna llena, y sobre todo durante la estación seca, organizábamos veladas de cuentos alrededor del fuego y
cada uno de los participantes contaba al menos
una historia.
Yo era un narrador privilegiado, porque recibía
clases extra de mi padre. Aunque creo que él no
era consciente de lo que me estaba transmitiendo: lo hacía de manera natural. Ahora lo valoro positivamente, porque gracias a sus lecciones me
gano dignamente la vida.
Tu padre solía recordarte que “contar o escuchar
un cuento es un acto de sabiduría”. ¿Estás de
acuerdo con sus palabras?

Mi padre era mi maestro. Un alumno nunca puede
contradecir a su maestro. Yo estudié en la Universidad Occidental, y mi padre lo hizo en la universidad de la vida. Pienso que el acto de contar cuentos entraña mucha responsabilidad, que sólo
debería asumir quien se sienta bien preparado
para ello.

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El africano es muy espiritual. La espiritualidad va
más allá de la religiosidad. Nosotros adoramos a
varias divinidades simultáneamente. Nuestras
divinidades están en la naturaleza. En mi pueblo
es la tortuga, pero puede ser un árbol o una montaña determinada. Los antropólogos occidentales dicen que somos animistas. Nos equiparan a
los niños, que creen que los objetos inanimados
tienen vida propia. Yo creo que nuestras creencias están muy arraigadas en la tierra, el entorno.

En mi pueblo todo el mundo habla yambassa. Se
trata de un idioma minoritario en Camerún, que
cuenta con más de doscientos idiomas autóctonos, además del francés y el inglés, que son las
lenguas coloniales. Hasta que yo llegué a España
en 1988, sólo había contado cuentos en mi idioma materno. Esto significa que mi idioma de referencia cuando me subo a un escenario es el yambassa, y no el francés, y mucho menos el español.
Empecé la carrera de Filología Hispánica en Camerún, y luego me dieron una beca para terminarla en España. Camerún es uno de esos países
que, pese a no haber tenido relaciones históricocoloniales con España, cuentan con una importante proporción de estudiantes de español.

¿No hay conflicto, entonces, para integrar las di-

¿Fue difícil cambiar de país y adaptarse a él?

Dices que África es la cuna de la humanidad y de las
leyendas y los cuentos más increíbles: cuentos filosóficos que nos acercan al misterio de la vida y la
muerte. ¿Cómo es vuestra relación con el Absoluto?

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ferentes creencias?

Nuestras creencias tradicionales conviven armoniosamente con las religiones importadas. El africano no tiene conflictos en este tema. Puede
adorar a varios dioses. Lo importante es que alguno de ellos escuche sus oraciones.
Practicamos muchos ritos. Mi familia que vive allí
prefiere practicar un rito de purificación o una
ofrenda, antes que acudir a un hospital.
Todo este mundo mágico-religioso está reflejado
en los cuentos de tradición oral, que es la fuente
de la que se nutre mi repertorio.
¿En qué lengua te comunicas mejor y cómo
aprendiste el español?

Supuso un cambio de vida radical, pero por otra
parte era una oportunidad que no podía desaprovechar. Europa y África implican dos maneras radicalmente distintas de vivir. Al principio creía que
Europa era mejor que África, hasta que descubrí
que el paraíso terrenal no existe. Aquí, en Occidente, nos sobra lo material, y en África tenemos
un exceso de espiritualidad, y no nos iría mal algo
del sentido práctico de la vida que tienen los occidentales.
Tú mismo has dicho que tu oficio empezó, como si
fuera un juego, en la misma universidad.

Lo cierto es que yo llegué a ese mundo profesional porque se dieron una serie de circunstancias
favorables. Cuando en 1994 una estudiante de

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Filología me pidió un cuento como parte de la programación de la Semana Cultural, en ningún momento sospeché que estaba poniendo las bases
para mi futuro oficio.

Contar un cuento en el idioma que sea para mí es
algo muy serio. Intento divertirme y procuro que el
público también se divierta y se sienta a gusto.
¿Es difícil hacer participar a las familias en tus es-

Las cosas me fueron saliendo sin proponérmelo.
Cuando quise darme cuenta, tenía un centenar de
actuaciones al año. No tuve más remedio que regresar a la fuente, volver a las raíces, para refrescar la memoria. Mi regreso a Camerún en 1997
me confirmó que había motivos suficientes para
soñar. Llené mi maleta de nuevas historias, para
emprender este nuevo viaje que espero dure mucho tiempo.
Explicas cuentos en lugares diferentes: ONG, bibliotecas, colegios, bodas... ¿Con qué público te

pectáculos?

Me sorprende la facilidad con la que los padres, y
sobre todo las madres, entran en el juego. Algunas veces he tenido la sensación de que los padres disfrutan del espectáculo igual que sus hijos, y hasta se olvidan de ellos. Todos tenemos
derecho a divertirnos, a soñar. Yo desciendo de la
tradición del griot, en la que el narrador sabe tocar “muchos palos”: canta, cuenta, baila, toca
instrumentos... Intento fundir en un solo espectáculo todas estas artes.

sientes más a gusto?
También impartes diversos talleres a diversos co-

Me considero un narrador todoterreno. Esto se
debe a que mi aprendizaje transcurrió de manera
natural. Los narradores naturales no tienen sesiones específicas para cada edad. Simplemente
cuentan lo que quieren contar, esté quien esté escuchando. Pero mi público predilecto son los niños de 6 a 8 años: ya tienen la capacidad de hacerse preguntas y aún mantienen la inocencia
suficiente para dar rienda suelta a la imaginación.
Cuando cambias de idioma, ¿cambia mucho tu
forma de narrar?

Cuando cambio de idioma, también mi registro
cambia. El tono de mi voz y la gestualidad son distintos; soy otro.

lectivos: educadores, maestros, narradores...

La faceta de formador es la que menos me gusta
de mi trabajo. Entre otros motivos porque pienso
que el arte de contar historias es un oficio, y como
todos los oficios se transmite por iniciación. Creo
que es imposible que en un curso mis alumnos se
conviertan en narradores. Uno se va haciendo como narrador a lo largo de toda su vida. Es uno de
los pocos oficios en los que habría que valorar el
hecho de ser viejo, que es cuando una persona ya
se codea con la sabiduría.

R.M.C.

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Entrevista a Rafo Díaz
Rosa Maria Carbonell
Periodista

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En 1971 nace en Iquitos, Perú, Rafo Díaz. Ya
desde muy pequeño, transita de la mano de sus
mayores por el mágico mundo de los sueños. La
fina línea divisoria que separa el cuento del mundo real a menudo se difumina, y a veces la realidad supera a la ficción o convive con ella. Crece
en un entorno donde las historias, los personajes
curiosos y las criaturas irreales confluyen y pueden asomar en cualquier momento.

dre siempre se centraba en la temática militar,
con historias llenas de fantasmas y de aparecidos. Mi abuela, en cambio, contaba historias un
poco más picaras y con personajes mágicos, como el Chulla Chaqui, la Runa Mula o la Yacumana. Muchos de estos cuentos los recogí en mi primer libro, Siete misterios amazónicos.
¿Cuántos años tenías entonces? ¿Recuerdas alguna historia que te impactara especialmente?

No es de extrañar que Rafo, con la sobredosis de
imaginación inoculada en las venas desde la infancia, no haya dejado de ampliar sus horizontes
interiores, diversificando su creatividad y dirigiendo sus pasos hacia todo tipo de territorios.
Lugares donde moran las historias y donde habitan sueños muy diversos. Actualmente reside en
Mozambique, un país cuya cultura y cuya magia
lo tienen fascinado.

Era muy pequeño, calculo que esa etapa la viví entre los seis y los diez años; una época maravillosa,
en la que todo era posible. De los relatos de mi
abuela, me impactó mucho la historia de una vecina: decían que había sido maldecida y que se convertía en una mula que echaba fuego por la boca;
debido a esto, le teníamos cierto temor y casi no
nos acercábamos a su casa. En mi tierra a este personaje lo llamamos Runa Mula o Mula Demonio.

Dices que de pequeño esperabas la noche para
poder escuchar las historias que contaban tus
mayores.

Yo crecí escuchando historias, sobre todo las
que relataban mi padre y mi abuela. Eran ellos
quienes por las noches, cuando se iba la electricidad en nuestra ciudad, nos invitaban a sentarnos en familia para dar inicio a los relatos. Mi pa-

También recuerdo otra historia. Nosotros vivíamos al lado de una casa que nos intrigaba a todos. La habitaba un viejo alemán con sus hijos.
Uno de ellos había muerto mientras hacía magia
negra, y desde su muerte sucedían hechos paranormales y extraños en su cuarto, ubicado en el
segundo piso. Algunos vecinos decían que habían visto un caballo blanco alado entrando por la

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ventana, en la madrugada. Y mis primos y hermanos juraban que en el huerto de esa casa se veían
panteras negras y serpientes boas que vigilaban
el lugar. Yo mismo llegué a ver a un tipo de tamaño descomunal observándome por encima del
muro del jardín. Mis padres no me creyeron, pero
cuando mi abuela les dijo que había visto lo mismo que yo, dieron por cierta mi historia y entonces mandaron levantar aún más las paredes.
Puedes encontrar anécdotas parecidas en cualquier lugar de Latinoamérica, y también en África,
donde vivo ahora.
Cultivas muchos géneros artísticos: pintura, teatro, narrativa, poesía, cuentacuentos... ¿En cuál te
sientes más cómodo?

Nunca me planteé diversificar mi arte, pero siento
que tengo muchas cosas que decir y que pueden
ser expresadas de formas diferentes. Me gusta
pintar, escribir y actuar, pero me siento cómodo
contando historias, sobre todo porque el resultado
depende más de mi relación directa con el público.
Viajes, libros, exposiciones, festivales... ¿Te consideras una persona particularmente inquieta?

Pues sí. Me considero alguien muy inquieto; me
veo a mí mismo como un tiburón que si se detiene
se muere. Por esta razón me organizo durante el
año para que una labor no interfiera en las otras,
especialmente cuando voy a escribir o pintar. Lo
de viajar es una suerte, sobre todo porque mi trabajo siempre ha sido bien recibido y porque los
directores de festivales de narración y de teatro

de diversos países me han dado la oportunidad
de compartir con su público mis trabajos.
Actualmente resides en África. ¿Es por algún motivo en concreto?

Mi llegada a África fue circunstancial. Mi esposa
Mónica recibió una oferta de trabajo para un proyecto en Camerún con Médicos Sin Fronteras-Bélgica. Me propuso que fuéramos y acepté. Necesitaba tiempo para terminar de escribir unos libros,
que publiqué en el 2008. En Camerún, la conexión
con el mundo mágico oral africano me conquistó, y
no tardé en atreverme a participar en algunos eventos. Llevo en África desde 2007. Primero estuve en
Camerún, y desde 2009 vivo en Mozambique.
Tu trayectoria vital ha sido bastante itinerante.
¿Podría suceder que acabaras fijando tu residencia en este país?

He vivido en varios lugares en épocas distintas.
Primero viví en Brasil, Chile y Argentina; luego, ya
casado y con hijos, entre Perú y Nicaragua, y más
tarde en Camerún y Mozambique. Sin darme
cuenta, ya han pasado cinco años. Y ahora estoy
más que contento viviendo en Mozambique.
De momento mi familia y yo tenemos intención
de quedarnos unos años. Mientras no aparezca
nada mejor en el horizonte, no hay demasiados
motivos para querer marchar. Además, aún me
queda mucho por descubrir y por hacer.
¿Qué es lo que te gusta de Mozambique?

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Mozambique es un país fascinante, lleno de poesía y de música, aparte de que tiene una historia
muy rica y cuenta con unas playas fabulosas.
Además, he tenido la suerte de hacerme amigo
de muchos de sus artistas, entre ellos el pintor
Malangatana, que lamentablemente nos dejó este año y que probablemente sea el artista más reconocido de este país. También hay que mencionar la música de José Mucavel, Hortensio Langa,
Wazimbo, el grupo Gorwane y Chico Antonio, la
poesía de José Craveirinha, y la narrativa de Paulina Chiziane, Ungulani Ba ka Khosa y Mia Couto,
por nombrar sólo a algunos. Y tampoco hay que
olvidar el tallado en madera de los artistas makondes, con obras de una gran imaginación.
¿Resides en Maputo, la capital?

Sí, vivo en Maputo, con mi familia. Mis hijos Camilo y Maya son la principal razón por la que hago
todo; además, se han convertido en mis mejores
amigos y en los más duros críticos de mi trabajo.
Tienen diez y ocho años. Camilo, el mayor, es un
lector de libros consumado y Maya adora los cómics y los libros con ilustraciones. Vivimos en un
lugar situado frente a un gran pantano y a cinco
minutos de la playa.
Eres narrador de cuentos desde hace muchos
años. ¿Qué te ha aportado la cultura africana?

He contado cuentos toda mi vida, pero oficialmente inicio mi carrera de narrador en 1999. La
cultura africana me ha dado, entre otras cosas, la
oportunidad de explorar caminos distintos den-

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tro de mi búsqueda artística. Su gran diversidad
en el ámbito cultural es espectacular, aparte de la
riqueza de las múltiples lenguas que se hablan en
el país. Me he dejado influenciar también por sus
tradiciones, por sus adornos, coloridos e iconografías, por su arte tallado en madera, por las posibilidades del batik, de las capulanas que usan
para vestir, y cómo no, por sus tradiciones orales.

–En Mozambique se habla portugués, pero estás
todo el tiempo interactuando entre el portugués, el
inglés y los distintos idiomas locales. Conozco algunos, pero no los hablo; tienen acentos y posiciones de la lengua que son difíciles de automatizar.
Tu libro Omar de Maputo, versión libre de un
cuento popular de Mozambique, se ha publicado
en dos idiomas, el portugués y el changana. ¿En-

La narrativa oral tiene un gran peso en África. ¿In-

tiendes el changana?

corporas en tu trabajo como cuentacuentos historias de la tradición oral?

Claro que sí. Es difícil vivir en un país sin integrarte en su modo de vida y su cultura. Desde mi llegada he ido recopilando muchas historias, que
voy adaptando a mi trabajo narrativo, y en algunos casos incluso las publico. También me he dedicado a formar a nuevos narradores. Curiosamente la narración oral no es considerada como
una posibilidad artística, a pesar de que es algo
muy común y arraigado en la vida cotidiana de los
africanos. En las aldeas se cuentan historias y en
la mayoría de los casos las relatan las abuelas y
las niñas. En muchas comunidades se citan cada
fin de semana en la casa de una abuela diferente.
Mi objetivo personal es incorporar la narración
oral a la agenda cultural de Maputo. Para ello vengo realizando talleres en escuelas y universidades. Al primer grupo de narradores que formé los
invité a asociarse; así nació la asociación Karingana Wa Karingana, el primer colectivo de contadores de la historia de Mozambique.
¿En qué lengua te comunicas en Mozambique?

No entiendo el changana. Para la publicación
de los libros trabajo con el lingüista Bento Sitoe, de la Universidad Eduardo Moldlane, un
gran maestro. En la mayoría de las provincias se
hablan lenguas locales y no todo el mundo entiende el portugués.
Uno de tus espectáculos, “A la sombra del baobab”, lo has realizado en colaboración con el músico mozambiqueño Luka Mukavele. ¿En qué
consiste vuestro trabajo?

Con Luka nos juntamos para explorar un poco la
fusión de la música tradicional con los cuentos
tradicionales. Trabajamos muchos meses. Durante ese tiempo me dejé inspirar por las canciones de Luka y me atreví a escribir algunos poemas y narraciones que, a mi parecer,
completaban su propuesta musical. Fue una experiencia enriquecedora, en todo el sentido de la
palabra. Me siento muy satisfecho de haber
compartido esta aventura con Luka.
R.M.C.

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Entrevista a Moussa Ag Assarid
Ana G-Castellano
Narradora y escritora

Encontré a Moussa en México, durante el Festival
de la Palabra de Zacatecas.
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Su imagen responde a todos los tópicos: viste
una amplia túnica azul, y un turbante también azul
enmarca su rostro moreno, donde arde la mirada
incandescente de dos ojos como carbones encendidos.
La pregunta era obligada:
–¿Qué hace un tuareg como tú en un hotel mexicano como este?
–No se trata sólo de recaudar fondos para mantener la Escuela. Creo que también es necesario
dar a conocer nuestra cultura en el otro lado del
océano.
Y es que los cuentos y la Escuela que han creado él
y su hermano Ibrahim para los niños tuaregs de Mali son el hilo conductor de la vida de este narradorviajero, que vive entre la tradición y el progreso, entre el silencio del desierto y el bullicio de París.

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Nieto de un abuelo narrador

El contraste de realidades: de los campamentos a la ciudad

Le pido que me explique cómo inició ese itinerario.
“Mi abuelo –cuenta con una voz suave, como si
estuviera pisando dunas– era el narrador en los
campamentos tuaregs de Taboye, en el desierto
de Mali. Era muy viejo, y ya no era capaz de contar
todas las historias. Cuando la narración era demasiado larga, se dormía. Entonces yo le relevaba y seguía contando la historia hasta el final. Poco a poco, empecé a introducir nuevas historias.
Al principio no eran sino recreaciones de las que
contaba mi abuelo. Después fui creando mis propios cuentos.”
Cuando el anciano griot de la familia tuvo que
abandonar su oficio de narrador, eligió a uno de
entre los catorce hermanos para que le reemplazara. El elegido iba a ser el narrador del campamento. Y el elegido fue Moussa.
Su vida cambió cuando una periodista del París-Dakar dejó caer ante su tienda un ejemplar
de El Principito, de Saint-Exupéry. “Desde
aquel momento, Ibrahim y yo nos pasamos los
atardeceres enteros hojeando sus páginas y
soñando con aquel hombrecito rubio que no se
nos parecía en nada, pero que vivía entre las
dunas.” Y así empezó el viaje de estos dos tuaregs hacia el planeta de la lectura y la escuela,
un viaje en el que el recuerdo de las narraciones alrededor de la hoguera del campamento
les sostendría en la lucha por no perder su
identidad.

Del desierto de arena se trasladaron al “desierto
de la ciudad”. En la escuela, Moussa e Ibrahim
eran dos “paletos” que hablaban en el idioma
pueblerino de las dunas. Pero allí fue donde
aquellos dos “intrusos” tuaregs aprendieron a aunar la tradición y la lengua tuaregs con los conocimientos occidentales, que les llegaban en un
idioma ajeno; luego sabrían que era el francés.
Aquel duro aprendizaje les sirvió para entender y
reaccionar ante las amenazas de la pérdida de raíces de su pueblo: “Cuando yo era pequeño, en los
campamentos no había televisión. El salto de la tradición propia a la invasión de los grandes medios
de comunicación yo lo había hecho de forma paulatina. Cuando llegó la televisión a los campamentos, entendí que aquello podía suponer una catástrofe. Dejaron de escucharse las historias que los
mayores contaban antes a los pequeños. La televisión no los mantenía unidos. Ya no se transmitía la
historia de viejos a jóvenes, que es la base de la
existencia de los campamentos tuaregs. Por eso vi
claro que en el proyecto Escuela del Desierto había que incluir la narración de cuentos”.
Aunque su vida es un continuo debate entre la
tradición y el progreso, Moussa no renuncia a su
esencia tuareg. Mientras su hermano Ibrahim escribe poemas para niños y dirige en Mali la Escuela del Desierto Saint-Exupery, en París Moussa trabaja colaborando con Radio France para
promocionar la Escuela.

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En cuanto todas estas ocupaciones le dan un respiro, Moussa retoma el oficio en el que le adiestró
su abuelo: cuenta cuentos a los niños, sea en
Francia, en el desierto africano o en Zacatecas.
Él sostiene que los cuentos tuaregs cautivan
porque están llenos del misterio del desierto .
Ama de ellos la poesía, la bravura, el amor incondicional, la valentía para enfrentarse a las dificultades...

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Cuando le preguntamos si encuentra mucha diferencia entre los niños del desierto y los de
nuestras grandes ciudades, nos regala otra de
sus luminosas sonrisas: “En la vida del campamento, el tiempo dedicado a los cuentos es el
momento lúdico para toda la familia. En el desierto los niños no tienen muchas oportunidades de
jugar. Han de vigilar el ganado que se les encomienda pastorear. Si el juego se prolonga, los
animales pueden perderse entre las dunas. Y
esa es una pérdida decisiva, pues supone el sustento de la familia. Por eso cuando por la tarde
regresan al campamento y se reúnen alrededor
del fuego, los cuentos adquieren un sentido mágico y festivo que aquí, en Occidente, somos incapaces de imaginar”.
La sesión de cuentos puede prolongarse durante
más de dos horas. “Muchas veces –nos explica–,
la madre acude enojada a buscar a sus hijos para
meterlos en la cama. Pero es tanta la adicción de
los niños a los cuentos que a menudo se esconden bajo las amplias ropas azules del narrador.”

–Otro rasgo que los distingue –dice por fin– es
su entrega a la historia que les ofrece el narrador.
Su fe en el cuento. Los niños del desierto creen
más en las historias que les cuentan. Cuando les
explicas algún cuento de miedo, tiemblan de pavor, arrebujados entre las mantas de piel de camello. Se dejan llevar mucho más por las emociones de la historia.
–¿Y los adultos?
–Con los adultos ocurre algo parecido. En occidente, en las ciudades, los adultos miran los
cuentos tradicionales con cierta indulgencia; en
las zonas rurales muestran algo más de respeto
hacia ellos. Sin embargo, en el desierto, los adultos están atentos con todos los sentidos, al cien
por cien. Se impone el inmenso silencio, para dar
paso a los cuentos, es algo sagrado. En las ciudades siento que hay demasiado ruido, y la gente
busca sólo llenar un vacío.
–¿Cuál es el futuro de los cuentos en el desierto?
–Yo no puedo dejar de contar cuentos. La tradición podría perderse. La modernidad puede aniquilar las raíces, si dejamos que anegue todo
nuestro acervo cultural. Los cuentos pueden ser
un muro de contención. Por eso las personas mayores, nuestros ancianos, son verdaderos tesoros que tenemos que cuidar.
–¿Siguen los ancianos explicando cuentos en
las casas?

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–Sí, en las familias se conserva en parte la tradición de los griot, pero es importante que se mantenga y que aumente el número de narradores
públicos, los conteurs.

Él nos ha pasado el relevo. Somos muchos africanos que contamos cuentos no sólo en África, también en Europa. –El propio nieto de Amadou es
narrador en Holanda–. Y ahora aquí, en América.

–¿Cómo crees que se puede mantener esa tradición?

–Y como heredero de esa tradición, ¿cómo ves
el horizonte de la narración?

–Tengo el proyecto de crear una escuela de narradores. Es importante que no sólo los adultos,
sino también los niños, adquieran la costumbre
de contar cuentos. Deseo que también los niños
expliquen cuentos, entre ellos y a la familia.

–La narración oral está en peligro, pues se impone el mundo de lo escrito, donde todo queda fijado, estático. En cambio, los cuentos de
la tradición oral están vivos, cada historia tiene
su momento, su espacio y su narrador. En cierta manera, cada historia muere con su narrador, pues nunca volverá a ser la misma que
cuando fue contada por ese narrador. Cuando
cuentas oralmente, el cuento pertenece a todo
el mundo. Al escribirlo, alguien se apropia de
esa historia y la utiliza para su propio beneficio,
intenta hacerla de su “uso exclusivo”. Si yo recopilo cuentos y doy mi versión, intento que
ese cuento “retorne” al lugar de donde salió.
Por eso los beneficios de los libros que he escrito sobre el desierto van destinados a la Escuela del Desierto.

Mi hermano Ibrahim va a grabarlos en DVD, para
que se conozca su trabajo. La intención es crear
una academia de cuentos y de teatro en Mali, en el
desierto. Y en el 2013, convocar un gran Festival
de Historias, donde tanto los niños como los adultos cuenten cuentos en la gran plaza de la ciudad.
–Vosotros, en Mali, tenéis muy próxima la referencia de Amadou Hampaté Ba. Supongo que os
servirá de aval para vuestras propuestas.
–Sí, su figura es un respaldo para nosotros. Nos
afianza en la difusión y el fortalecimiento de la narración oral. La huella que ha dejado Amadou
Hampaté Ba, su labor como investigador, como recopilador y también como creador de cuentos,
avala nuestro trabajo. Revalorizó la tradición oral,
dignificó las historias africanas. Es más, en su libro
Amkullel, el niño fulbé, se define a sí mismo como
un diplomado de la gran universidad de la palabra
enseñada bajo la sombra de los baobabs.

Para acabar, le pido que me diga cuál es su
cuento preferido. La princesa Leila, contesta
sin dudar. “Porque Leila nos confirma que lo
único que verdaderamente importa es lo que
nos dicta el corazón”, me responde este príncipe del desierto.

A.G.C.

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Cuento del show “a la sombra del baobab”
Cuento de tradición oral
Versión de Rafo Díaz
Narrador (Perú)

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¡Tata, mama...! Tata…
En nuestras aldeas,
en nuestras vidas,
nada sucede sólo por suceder.
Cocodrilo nos mata y nos come,
nosotros matamos al cocodrilo también.
Su carne es delicioso alimento,
como nuestra carne le gusta a él, así es...
Todo es igual, matar es matar.
¡Tata, mama...! Tata...
Nuestros hijos,
nuestras mujeres,
son exterminados también,
por extranjeros oscuros,
que ponen su carne a vender.
Pero a mí me gustan los cocodrilos,
los lagartos y las serpientes,
tienen la carne más sabrosa
que la de los “mulungos”* malvados,
que hacen a nuestros hijos desaparecer.
*Hombres blancos.

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cuentos
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El pájaro del pico verde
Cuento de tradicción oral
Versión de Mehi Seddik dit Mahi
Narrador (Argelia)
Traducción del árabe argelino al castellano por Nadir Kateb

En tiempos muy, muy remotos, el hombre y la
bestia vivían en paz y los seres de aquí y del
más allá hablaban un mismo lenguaje: el de los
pájaros.

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En un país situado entre el mar y un río, vivía un
hombre en medio de grandes riquezas, heredadas de su padre. El hombre amaba tanto los caballos, el bosque y la caza que aquella era toda
su afición. Pero un día se dijo a sí mismo: “Sería
estupendo hacer un largo viaje para poder ver el
más grande de los bosques, un bosque que ningún ser haya pisado nunca”.
Y lo que fue dicho, fue hecho.
Al despuntar el día, el hombre montó sobre su
caballo, y avanzando de pueblo en pueblo y de
aldea en aldea, tras cabalgar durante nueve días
y nueve noches llegó finalmente a un bosque.
Enfrente había un río.
El hombre, que estaba muy cansado, pensó que
se detendría un rato para echar una siesta y seguir su camino más tarde. Sin darse cuenta, se
quedó profundamente dormido y al abrir los ojos
vio algo que hasta entonces ningún hombre había visto jamás: un hermoso pájaro con un pico

verde bebiendo serenamente del agua del río. El
cazador se lo quedó mirando fijamente, mientras
una idea atravesaba su mente: “Si lo cazo y me lo
llevo conmigo, seré el más feliz de los hombres”.
De repente se abalanzó sobre el ave, que ni siquiera tuvo tiempo de moverse. El pájaro se convirtió en el cautivo del cazador. El hombre lo metió
en un saco y se fue corriendo a su casa a lomos
de su caballo.
Muy contento con su presa, el hombre iba cantando durante todo el camino:
Tengo el más bello de los pájaros,
tengo lo más hermoso que nunca tuvo un rey
ni un rico comerciante logró tener...
Y siguió cantando hasta que llegó a su país. Puso
el pájaro en una hermosa jaula de oro y plata que
tenía una cama de lana pura y seda. Un hogar digno de reyes.
El hombre salía cada día y abría la ventana para
que la gente pudiera ver el pájaro y contemplar su
belleza; era su orgullo.
Pasó el tiempo y el cazador de nuevo sintió deseos de regresar a aquel bosque e incluso de ir

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aún más lejos, a la tierra de las siete sierras, donde
cada una de estas es más grande que la anterior.

Y lo que fue dicho, fue hecho.

El pájaro, con mirada amarga y triste, le dijo:

Al despuntar el día, el hombre montó sobre su
caballo, y avanzando de pueblo en pueblo y de
aldea en aldea, tras cabalgar nueve días y nueve
noches llegó finalmente a un bosque. Enfrente
había un río.

–Si alcanzas mi país, dile a mi familia que estoy
bien, que vivo en una caja de oro y plata, que como como los príncipes y los reyes y que me
acuesto en una cama de lana pura y seda.

El hombre, que estaba muy cansado, pensó que
se detendría un rato para echar una siesta y seguir su camino más tarde. Sin darse cuenta, se
quedó profundamente dormido y al abrir los ojos

Un día se sentó frente al pájaro y le contó sus
planes.

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vio algo que hasta entonces ningún hombre había visto jamás: un hermoso pájaro con un pico
verde bebiendo serenamente del agua del río.
Mientras lo miraba, el cazador lo abordó:

El hombre se abalanzó llorando sobre la jaula, la
abrió y sacó de ella a su pequeñito pájaro del pico verde, mientras seguía llorando.

El pájaro del pico verde le respondió:

De pronto, y con la ayuda de Dios, el pájaro muerto se levantó y alzó el vuelo, alejándose por el cielo. Después regresó y se posó sobre el techo de
la casa.

–Mi hermano desapareció hace tiempo y nadie
sabe si está vivo o muerto.

El cazador seguía perplejo, sin saber qué decir. El
pájaro le dijo:

El hombre le contestó, orgulloso:

–Te agradezco que me hayas dado cobijo en tu
casa, pero, ¿sabes?, eres tú quien me has dado
la clave para alcanzar mi libertad, para salir de esta cárcel. Este fue el mensaje de mi hermano.

–¿Sabes? Te pareces mucho a mi pájaro.

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–Tu hermano está vivo y, desde mi casa, me encarga que te salude y te diga que está bien, que
vive en una caja de oro y plata, que come como
los príncipes y los reyes y que se acuesta en una
cama hecha de lana pura y seda.
De repente, el pájaro se desplomó y quedó tendido en el suelo, inmóvil. Al ver aquello el hombre se
dispuso a huir, para que no lo acusaran de la
muerte del ave. Montó a lomos de su caballo y regresó a su pueblo corriendo y sin mirar atrás.
Cuando llegó a su casa, lleno de angustia y desasosiego, el pájaro le preguntó:
–¿Qué te pasa? ¡Parece que hayas visto a un
muerto!
El cazador empezó a contarle todo lo que había
ocurrido. Tras escuchar su relato, el pájaro se
desplomó dentro de su jaula y murió trágicamente, dejando al cazador boquiabierto del susto.

El pájaro reemprendió el vuelo y se alejó por el
cielo. El hombre, que seguía llorando amargamente, escuchó al ave cantando:
¿Qué han dicho los ancianos? ¿Qué han dicho?
Un pájaro, pájaro es, aunque en caja de oro y
cama de seda esté.
Y el hombre libre queda libre aunque caiga
en mil trampas.
Mi historia se oye de río en río y de país en país, y
yo permanezco con los valerosos.
Si mentí, que Dios me perdone.
Y si el diablo mintió, que en la hoguera se queme.

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El viejo cocodrilo
Cuento de tradicción oral
Versión de Inongo-vi-Makomé
Narrador, dramaturgo y escritor (Camerún/España)

Amigos, os voy a contar una historia que presencié una vez en un poblado de África. En aquel poblado vivían una madre, un padre y dos hijas,
Mambo y Bobe. Su casa estaba cerca de un río
en el que habitaba un viejo cocodrilo. Siempre
que las niñas iban al río, su mamá les advertía que
tuviesen cuidado con el viejo cocodrilo. Ellas prometían que lo tendrían.
Un día preguntaron a su madre:
–Mamá, ¿nos dejas ir al río?

Y se puso otra vez a jugar. El viejo cocodrilo, que
no entendía por qué le decía aquello la niña, siguió tomando el sol. Al cabo de un rato, Bobe se
acercó de nuevo al viejo cocodrilo.
–Viejo cocodrilo, ¡qué uñas más sucias tienes!
–le dijo, y siguió jugando.
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El viejo cocodrilo pestañeó. No entendía la actitud de la niña.
Poco después, Bobe se acercó una vez más al
viejo cocodrilo.

–Sí, podéis ir. Pero hay que tener cuidado con...
–¡...el viejo cocodrilo! –contestaron.
–Podéis iros –dijo la madre.
Se fueron y, cuando llegaron a la orilla del río, se
pusieron a jugar. Mientras estaban jugando, el
viejo cocodrilo salió del agua y se puso a tomar el
sol y a mirar cómo jugaban las niñas. Ellas, al ver
su actitud, siguieron jugando.

–Viejo cocodrilo, ¡qué piel más arrugada tienes!
–le espetó, y reanudó sus juegos.
El viejo cocodrilo seguía perplejo: vaya mala
educación la de aquella mocosa, pensaba.
Un poco más tarde la pequeña Bobe volvió a la
carga. Se aproximó al viejo cocodrilo y empezó a
decirle:
–Viejo cocodrilo, ¡qué...!

Pero luego Bobe, la más traviesa, se aproximó al
viejo cocodrilo, se agachó y le dijo:
–Viejo cocodrilo, ¡qué feo eres!

No pudo acabar la frase. El viejo cocodrilo saltó
sobre ella. Pero erró y Bobe logró escapar. Las
dos hermanas salieron corriendo.

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–¡Mamá! ¡Mamá! –gritaron.
Su madre salió de casa.

qué era tan desagradable aquella niña con él.
Pasó el tiempo. Bobe volvió a acercarse al viejo
cocodrilo.

–¡Mamá, el viejo cocodrilo se nos quería comer!
–contaron.

–¡Viejo cocodrilo, qué piel más arrugada tienes!
–le dijo, y se reunió de nuevo con Mambo.

–¿No le habéis hecho nada? –preguntó ella.

El viejo cocodrilo no se movió. Pero Bobe no tenía suficiente. Volvió a la carga. Se aproximó al
viejo cocodrilo, se agachó y, mirándolo fijamente,
le dijo:

–¡No, mamá! –mintieron.

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–¡Bien! Pero recordad que hay que tener cuidado
con...
–¡...el viejo cocodrilo! –respondieron.
Al cabo de unos días, las niñas volvieron a pedir a
su madre que las dejara ir a jugar al río.
–Bien, podéis ir –consintió–, pero recordad que
hay que tener mucho cuidado con...

–¡Viejo cocodrilo, qué...!
Esta vez Bobe no terminó la frase. El viejo cocodrilo la estaba esperando. Saltó sobre ella y la
atrapó. Bobe empezó a gritar. El viejo cocodrilo,
que ya no tenía dientes, se la fue tragando poco
a poco, hasta que Bobe desapareció dentro de
su barriga.
Mambo se fue corriendo a su casa.

–¡...el viejo cocodrilo! –concluyeron las niñas.
Se fueron al río. Al llegar encontraron al viejo cocodrilo tomando el sol junto a la orilla. Las pequeñas se pusieron a jugar. Pero, también aquel día,
al cabo de un rato Bobe se acercó al viejo cocodrilo y le dijo:

–¡Mamá! ¡Mamá! ¡El viejo cocodrilo se ha tragado a
Bobe! –gritó cuando vio que su madre se asomaba a la puerta de la casa, alarmada por sus gritos.
La madre se dirigió corriendo hacia el río. Encontró al viejo cocodrilo tumbado. La pequeña se removía dentro de su vientre.

–¡Viejo cocodrilo, qué feo eres!
Luego corrió a encontrarse con Mambo. El viejo
cocodrilo pestañeó y de nuevo se preguntó por

–¡Mamá, mamá, por favor, sácame de aquí! –suplicaba la niña desde el interior del vientre del cocodrilo.

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La madre, desesperada, pidió al viejo cocodrilo:

El padre se llenó de angustia, igual que todos los
demás.

–¡Viejo cocodrilo, por favor, devuélveme a mi hija!
–Lo siento, no puedo devolverte a tu hija –respondió–. Ella me ha dicho que soy feo, que tengo
las uñas sucias y la piel arrugada.
La mamá, que escuchaba desesperada los gritos
que su hija lanzaba desde el vientre del viejo cocodrilo, se puso a cantar, con la esperanza de
que su canción ablandase al viejo cocodrilo:
Viejo, cocodrilo, viejo cocodrilo,
perdona a mi hija...
Coro.–¡Por favor! ¡Por favor!
Viejo cocodrilo, viejo cocodrilo,
devuélveme a mi hija...
¡Por favor! ¡Por favor!
Viejo cocodrilo, viejo cocodrilo,
ten piedad de mí...
¡Por favor! ¡Por favor!

–Viejo cocodrilo, sé que mi hija te ha ofendido,
pero perdónala, por favor –imploró el padre.
–No puedo –replicó el viejo cocodrilo–. Tu hija
me ha dicho que soy feo, que tengo las uñas sucias y la piel arrugada.
El padre se inquietó aún más cuando notó que la
voz de su hija iba perdiendo fuerza dentro de la
barriga del viejo cocodrilo.
–¡Papá, mamá, ayudadme, sacadme de aquí! No
puedo respirar, tengo frío...
Desesperado, también el padre pensó que quizá
cantando podría ablandar el corazón del viejo
cocodrilo.
–¡No!

–¡No! Tu hija me ha dicho que soy feo, que tengo
las uñas sucias y la piel arrugada –alegó el viejo
cocodrilo después de escuchar la canción.

El viejo cocodrilo no se ablandaba. Las súplicas
y los llantos de la pequeña se habían vuelto entrecortados: le faltaba el aire.

Entretanto la noticia recorrió todo el poblado.
Acudió el padre. No veía a Bobe, sólo notaba cómo se movía la barriga del viejo cocodrilo.

–¡Mamá, papá! Por favor, tengo miedo, sacadme
de aquí... –imploraba Bobe una y otra vez, con la
voz cada vez más débil–. ¡No puedo respirar!

–¡Papá, mamá, sacadme de aquí! –rogaba Bobe–. Esto está muy oscuro...

Su hermana, aunque se sentía impotente y estaba tan desesperada ante aquella situación como
todos los demás, intentó probar suerte:

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–Viejo cocodrilo, yo sé que mi hermanita se ha
portado mal contigo, pero perdónala, por favor,
por favor...
–No puedo. Tu hermanita me ha dicho que soy
feo, que tengo las uñas sucias y la piel arrugada
–contestó tranquilamente el viejo cocodrilo.

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Pero Mambo no se rindió. No podía: seguían
oyéndose las apremiantes súplicas de su hermana desde el interior de la barriga del viejo cocodrilo. Pensó que su dulce voz infantil tal vez conseguiría que el viejo cocodrilo se apiadase y acabara
perdonando a su hermana. Y se puso a cantar.
–¡No!
La desesperación no hacía más que aumentar
entre los familiares de la pequeña Bobe. Ya nadie sabía qué hacer. La voz de la pequeña cada
vez se oía con menos nitidez y los movimientos
del vientre del viejo cocodrilo ya apenas se percibían. La madre, fuera de sí, intentó liberar a su hijita proponiéndole un trato al viejo cocodrilo.
–Viejo cocodrilo, nosotros somos muy pobres,
pero tenemos dos vacas. Te las damos a cambio
de que nos devuelvas a nuestra hija –dijo la pobre madre.
–¿Dos vacas? ¡Ah, no, no puedo aceptarlo, son
pocas! –negó con desprecio el viejo cocodrilo.
–¿Cuántas quieres, entonces? –preguntó angustiada la madre.

El viejo cocodrilo, sabiendo que tenía todas las
cartas a su favor, movió lentamente la cabeza de
un lado a otro, miró a la madre y le dijo con cierto
desdén:
–Quizá me conforme con quince... No son muchas, pero tratándose de ti, será suficiente.
Pero, amigos y amigas, aquella pobre familia no
tenía la cantidad de vacas que les exigía el viejo
cocodrilo, que de pronto se había vuelto muy avaricioso. Los vecinos, conmovidos ante el sufrimiento de los padres y la hermana, prometieron
ayudarles. Y eso hicieron: entre todos reunieron
las quince vacas... pero entre el rebaño de vacas
introdujeron dos toros.
Cuando el rebaño llegó a la orilla del río el viejo cocodrilo se puso muy contento. Cumplió
su palabra: abrió la boca y vomitó a la pequeña Bobe. Sus padres corrieron a su encuentro
y todos se abrazaron en medio de una gran
emoción. Entonces el viejo cocodrilo se dispuso a disfrutar de su recompensa. Pero tan
pronto como se aproximó al rebaño, los dos
toros salieron veloces a su encuentro y empezaron a pincharle con sus cuernos por todo el
cuerpo.
Sorprendido por la argucia, el viejo cocodrilo se
dirigió a toda prisa hacia la orilla. Pero antes de
sumergirse en el río, miró fijamente a los hombres
y murmuró:
–¡Ay, los hombres!

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Luego se sumergió en el agua y desapareció para siempre. Nunca más se volvería a saber de él.
Cuando el viejo cocodrilo hubo desaparecido en
el río, la madre se volvió hacia Mambo y Bobe:
–¿Qué os he repetido mil veces? Que siempre
hay que tener cuidado con...
–¡...el viejo cocodrilo! –contestaron a coro las
dos hermanas.
Y esta, queridos amigos y amigas, es la historia
del viejo cocodrilo. Cuando salí de aquel poblado comprobé que todos, niños y mayores, tenían
muy presente que siempre había que tener cuidado con... el viejo cocodrilo.

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