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A la pregunta ¿qué es el arte? puede responderse bromeando, con una broma que
no es completamente necia, que el arte es aquello que todos saben lo que es. Y
verdaderamente, si no se supiera de algún modo lo que es el arte, no podríamos tampoco
formulamos esta pregunta, porque toda pregunta implica siempre una noticia de la cosa
preguntada, designada en la pregunta y, por ende, calificada y conocida. Cosa sobre la
cual podemos hacer una experiencia de hecho, si nos damos cuenta de las ideas, justas
y profundas, que oímos con frecuencia formular con relación al arte por aquellos que no
son profesionales de la filosofía y de la teoría, por los laicos, por los artistas poco amigos
de razones, por las personas ingenuas, hasta por las gentes del pueblo; ideas que van
muchas veces implícitamente envueltas en los juicios que se hacen en tomo a determinadas
obras de arte, y que algunas veces se pronuncian en forma de aforismos y de definiciones.
Y hasta damos en la flor de sospechar que pudiéramos reírnos a mandíbula batiente,
siempre que nos viniese en ganas, de los filósofos orgullosos que pretenden haber
descubierto la naturaleza del arte, metiéndonos por los ojos y por los oídos proposiciones
escritas en los libros más vulgares y frases del acervo común de las gentes, advirtiéndonos
que contienen, con la mayor claridad, su flamante descubrimiento.
El filósofo tendría siempre ocasión de avergonzarse si mantuviese alguna vez la
ilusión de haber legado, con sus doctrinas personales, algo completamente original a la
común conciencia humana, algo extraño a esta conciencia, la revelación de un mundo
enteramente nuevo. Pero no se turba y sigue derecho su camino, porque sabe que la
pregunta, ¿qué cosa es el arte? -como, en general, toda pregunta filosófica sobre la
naturaleza de lo real y toda pregunta de conocimiento-, si adquiere en las palabras que se
emplean cierto matiz de problema general y total, que se pretende resolver por primera y
por última vez, tiene siempre, en efecto, un significado circunstancial, que reza con las
dificultades especiales que se viven en un momento determinado de la historia del
pensamiento. Ciertamente la verdad corre por su camino, como la chispa del conocido
proverbio francés, y como la metáfora "reina de los tropos ", según los sectores con que
Montaigne se topaba en la cháchara de su camarera. Pero la metáfora de la camarera es
la solución de un problema que expresa precisamente los sentimientos que agitan en aquel
instante el espíritu de ésta, y las afirmaciones triviales que intencionada o incidentalmente
oímos sobre la naturaleza del arte, son soluciones de problemas lógicos que se presentan

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